Archivos del Autor: Félix Ovejero

Cuando los ofendidos no se ofenden

Cuando los ofendidos no se ofenden

Bildu no invocó la cláusula habitual woke de los agraviados: “Has herido mis sentimientos y, por tanto, debes callar”. Se ofendieron todos los demás en nombre suyo

Por más vueltas que le doy, sigo sin entender el escándalo que se organizó a cuenta de la calificación de «filoetarras» dirigida a los representantes de EH Bildu. El vínculo personal entre ETA y los dirigentes de Sortu es material, personal. Y el práctico, pues indiscutible: si llamamos «bibliófilos» a aquellos que miman los libros, parece justificado hablar de «filoetarras» para referirnos a quienes homenajean a etarras. Reparen en que el trato que dan a estos nada tiene que ver con la razonable alegría que pueden experimentar los familiares de un violador cuando sale de la cárcel. En el caso de Bildu se honra al delincuente por su delito. Se aprecia su acción. Por ello se lo agasaja. Lo contrario de lo que sucede con el violador.

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El poder corruptor de los barones

El poder corruptor de los barones

El cuento de los Lambán, Page y compañía es conocido: el mismo de la historia entera del PSC

La mejor predicción política de nuestra historia reciente no salió de la boca de nadie que viviera de la ciencia política, sino de una mujer ajena al mundo académico, Pilar Ruiz, socialista y vasca, cuyo hijo murió asesinado por la organización terrorista ontológica y filogenéticamente entrañada en organizaciones políticas que sostienen al Gobierno socialista: “Patxi, ya no me quedan dudas de que cerrarás más veces los ojos y dirás y harás cosas que me helarán la sangre”. Naturalmente, Patxi no ha decepcionado. Nunca decepciona. Si acaso, depura su estilo. Su granítica simplicidad.

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Nada por aquí, nada por allá

Nada por aquí, nada por allá

Cuando las autoridades se saltan las leyes democráticas ¿se cumplen los requisitos que justifican la desobediencia civil?

Hace cosa de un mes nuestro debate público estuvo centrado durante varios días en las ocurrencias testosterónicas de un colegio mayor. El debate entero resultaba un despropósito, pero no sus circunstancias, que resumían perversiones básicas de nuestro ecosistema político. No era la menor que, entre los Savonarola dispuestos a lapidar a los jóvenes, destacara un hombre hecho y derecho, Echenique, quien, en sus horas de ocio, en compañía de otros dirigentes de su partido, entonaba una sofisticada jota cuyos versos más conocidos son: «Chúpame la minga, Dominga/ que vengo de Francia/ chúpame la minga, Dominga/ que tiene sustancia». Nada singular: todos hemos cantado canciones de hondura parecida, entre ellos muchos de quienes en aquellos días se echaron las manos a la cabeza. Eso sí, por lo general, no hay registro de ello. Ahí empieza lo interesante: cuando señaló a los muchachos, Echenique sabía que conocíamos ese talento suyo. Y le daba igual. Solo desde la más absoluta duplicidad moral y la convicción de impunidad se podía entender una condena que, de facto, violentaba el más sólido -y acaso el único- criterio de calibración del debate moral: el imperativo categórico. Para decirlo con un ejemplo clásico: como si en un tren, un viajero, después de afear a un compañero de vagón por fumar, le pidiera fuego para encenderse un cigarrillo. Sencillamente, Echenique ignora los principios básicos que regulan el lenguaje moral. Peor aún, los desprecia, habida cuenta de su condición de político y su conocimiento del conocimiento común de su conducta: se comporta como un déspota caprichoso. Se permite lo que condena en otros y, además, nos lo dice a la cara. No se me ocurre ejemplo mejor de eso que se ha dado en llamar superioridad moral.

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Principios marxistas de la OTAN

Principios marxistas de la OTAN

El autor lamenta que la civilización occidental es «un saco de valores del cual cada uno extrae los que le convienen», bajo la premisa de Groucho Marx: si no le gustan mis valores, tengo otros

Estamos disciplinadamente subordinados a EE.UU., camino de un suicidio económico. Sus intereses no son los de Europa.

Estos últimos meses, a cuenta de la guerra, ha rebrotado el debate sobre la OTAN, sobre su sentido, una vez extinto -por decisión unilateral de Gorbachov- el mundo de bloques que la pudo justificar. He estado atento para no perderme nada. No me ha llevado mucho tiempo. Por una parte, quienes la criticaban, Unidas Podemos y sus entornos, apenas pasaban de candorosas consignas sobre las bondades de la paz. Nada sorprendente entre quienes parecen instalados a perpetuidad en asambleas universitarias. Una pena, porque confiaba en encontrarme nuevos argumentos. En realidad, si la memoria no me traiciona, en las asambleas de 1986, cuando se votó el referéndum sobre la permanencia, las críticas al ingreso eran más solventes. Ahora, pues qué les voy a contar. Hasta nos hemos olvidado de la historia reciente. Sin ir más lejos, nadie se ha molestado en recordar que, para forzar el ingreso en la OTAN, Estados Unidos chantajeó a Suárez -esto es, a la naciente democracia española- con apoyar al terrorismo independentista canario (lo contó el ministro Otero Novas en sus memorias). Tampoco que, de las tres condiciones para el ingreso incluidas en la pregunta del referéndum, se han violado dos. Dicho de otro modo: lo acordado no se ha cumplido.

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La paradoja de la guerra cultural

La paradoja de la guerra cultural

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El autor se vale de varios episodios protagonizados en el marco del independentismo catalán para ilustrar su teoría sobre la impermeabilidad de los ciudadanos a los datos y los razonamientos contrarios a sus ideas

El constitucionalismo podrá perder mil veces en Cataluña, pero eso no mitigará la miseria moral de los nacionalistas

El Mundo (23.09.2022)

Me rindo

Me rindo

Los simples no dan tregua. Hemos perdido. El mundo es de los ‘unga, unga’.

Me rindo

Mucho se ha escrito sobre el populismo. Pocas veces un concepto nacido en los poco frecuentados territorios de la ciencia política se ha difundido con tanta rapidez. Y con la popularidad ha llegado la imprecisión: cada uno lo usa como quiere y, sobre todo, contra quien quiere. Con todo, aunque a estas alturas no hay mucho acuerdo acerca de qué sea eso del populismo, sí hay cierto consenso acerca de su rasgo fundamental: un diagnóstico simple de problemas complicados.

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¿Mitos democráticos?

¿Mitos democráticos?

El autor lamenta que la historia sea el andamio que sostiene las mitologías nacionalistas. Y reivindica el concepto de ‘ciudadanía’ frente al movimiento identitario que busca la división de las sociedades.

Una sociedad hondamente democrática debería recordar esas fechas [las del asesinato de Miguel Ángel Blanco o del intento golpista del otoño de 2017]. Sería el mejor modo de reconocernos miembros de una nación democrática. Naturalmente, no ignoro que se trata de una fantasía, de que nuestra historia oficial, la que lleva camino de ser obligatoria, la están escribiendo quienes amenazaron vidas y libertades en aquellos memorables momentos constitucionales.

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La historia, al dictado

La historia, al dictado

Se han consolidado diversas mitologías, todas elaboradas con mimbres falsos, y muy especialmente entre los nacionalistas

Se ha repetido hasta la fatiga: no hay historia oficial. Porque no hay verdades oficiales. Y la historia, si se quiere conocimiento, va de la verdad, de la aspiración a la verdad. Un proceso en continua revisión, nuevas informaciones corrigen y matizan los conocimientos anteriores. Lo propio de la ciencia. Así ha sucedido también con nuestra historia, objeto de reconsideraciones sin tregua. Es sencillamente falso que hayamos ignorado nuestra historia.

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El cuento de la diversidad lingüística

El cuento de la diversidad lingüística

El autor reflexiona sobre el debate lingüístico en torno a la normalización de las “lenguas propias” y considera que hay que minimizar la diversidad y que cuantas menos lenguas haya será mejor

Muchos recordarán el chiste. Un responsable de recursos humanos pregunta a un candidato a un puesto de trabajo: “¿Cuántos idiomas habla?”, a lo que este contesta: “Alemán, francés, inglés e italiano”. Muy impresionado, el primero, quizá nacionalista, le pide una precisión más: “Excelente, excelente…pero, pensar ¿en qué piensa?”, a lo que el candidato, en un alarde de sinceridad que, es de temer, no será tenida en cuenta, replica: “¿Yo?, pues, en follar, como todo el mundo”.

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